Quizás al comienzo...
el tiempo y lo visible<
forjadores gemelos de distancia,
llegaron juntos,
ebrios
golpeando en la puerta
justo antes del amanecer.
La primera luz los despejó,
y examinando el día,
hablaron
de lo lejano, del pasado, de lo invisible.
Hablaron de los horizontes
que rodeaban todo
lo que aún no había desaparecido.
— John Berger
And Our Faces, My Heart, Brief as Photos, 1984
El horizonte es la línea donde el cielo se encuentra con la tierra o el mar. En ese umbral, lo que vemos está siempre en movimiento: desapareciendo o entrando lentamente en nuestro campo de visión. Es a la vez un límite espacial y temporal, que habita el filo entre lo visible y lo que está por verse.
Los paisajes marinos intervenidos por Minerva Cuevas conservan la línea reconocible donde el océano toca el cielo; las pinturas ponen en contraste una concepción idealizada de la naturaleza con un elemento extraído directamente del subsuelo. A lo largo del borde inferior de las pinturas, el chapopote —un petróleo denso y viscoso— se acumula y gotea más allá del lienzo. Este material altera la lectura de una escena por lo demás convencional, poniendo en primer plano su presencia. El uso del petróleo remite inevitablemente a las consecuencias ambientales de su extracción. Al mismo tiempo, esos horizontes negros se convierten en zonas de tensión entre la textura seductora del material y la belleza romantizada que ha sido asociada históricamente con la pintura de paisaje.
En las obras de Thiago Hattnher, las bandas horizontales de color forman una serie de capas que crean múltiples horizontes en lugar de uno solo. El resultado da pie a variaciones de tono, atmósfera y ritmo, un campo de horizontes dentro de horizontes que evoca las pinturas modernistas basadas en retículas. En una misma superficie conviven arreglos florales, formas geométricas y atisbos de paisajes extraídos de la memoria del artista. Las diversas tonalidades y texturas se despliegan en cada lienzo sin un punto claro de partida o de llegada. Las pinturas dejan entrever recuerdos personales de Hattnher, dispersos en fragmentos que parecen oscilar constantemente del mismo modo en que la memoria almacena y reconfigura imágenes a lo largo del tiempo.
En ambas prácticas, el horizonte deja de ser una línea fija para convertirse en un espacio fluctuante, más cercano al movimiento de la marea. En la obra de Cuevas, el horizonte enmarca las nociones de belleza y naturaleza como algo fluido, que cambia conforme se transforman las percepciones; en la de Hattnher, se multiplica y se retrae, haciendo surgir impresiones fugaces extraídas de la memoria. Sus horizontes proponen una manera de habitar múltiples temporalidades, invitando a reflexionar sobre cómo percibimos, recordamos y somos testigos de la transformación del entorno.